Vivir es urgente
Tal vez, si pensáramos en el auténtico significado de estas palabras, si hiciéramos de ellas el eslogan de nuestro día a día, dejaríamos de perder el tiempo en otras banalidades
Podría haberlo leído en un libro de autoayuda, en la etiqueta de una bolsita de té o en la portada de una revista juvenil; podría haberlo escuchado en un podcast de mindfulness, en un programa de televisión o en la boca de una amiga sabia, pero no: aquella frase cautivadora estaba escrita en la puerta trasera de una furgoneta gris que atravesaba la SE-30. Pude leerla desde el coche, mientras conducía de vuelta a casa en uno de los atradeceres de este invierno condenado al viento y la lluvia eterna. “Vivir es urgente”, rezaba la inscripción. Se trataba, sencillamente, de una pegatina que formaba parte de un pequeño conglomerado de etiquetas adhesivas con consignas de muy diferente índole y diseños atractivos: ilustraciones de animales, una guitarra eléctrica, el mítico logo de los Rolling Stones –icono de rebeldía, insolencia y espíritu rockero–, las siluetas de cada uno de los componentes de una familia formada por un padre, una madre, un niño y una niña, sin olvidar a su mascota, además de flores y algún que otro objeto de andar por casa. Mi mirada, no obstante, se detuvo en esa frase corta y sencilla pero poderosa, enigmática, envolvente: “Vivir es urgente”. Porque, tal vez, todo se reduzca a eso.
Tal vez, si pensáramos en el auténtico significado de estas palabras, si hiciéramos de ellas el eslogan de nuestro día a día, dejaríamos de perder el tiempo en otras banalidades: en enfadarnos con aquellas personas que amamos, en despreciar al contrario por su color de piel, por su condición sexual o por el simple hecho de que no piense como nosotros o no comparta nuestra manera de entender el mundo, en vislumbrar un horizonte oscuro basándonos en datos poco empíricos o en suposiciones pesimistas, en eludir nuestra responsabilidad de ayudar a quien tenemos cerca si está en nuestra mano.

Vivir es un privilegio que requiere de instinto y de fuerza de voluntad para saber apreciar todas esas pequeñas cosas que cada instante nos ofrece: el olor a café recién hecho en una mañana de domingo, el tacto del papel en un libro que hojeamos mientras saboreamos una tostada, la melodía que suena en el equipo de música, la invitación del sol de media mañana a compartir una cerveza, la sonrisa de quien te acompaña, el perfume de las flores en esta incipiente primavera, el privilegio de poder escribir estas líneas.
Cuando era más joven, solía dedicar muchas noches a la escritura, pues era entonces cuando el silencio reinaba y mi imaginación se desperezaba. Ahora prefiero hacerlo de día, cuando la gente camina por la calle y los pájaros cantan, cuando las furgonetas transitan por una carretera de circunvalación en Sevilla para avisarte de que no hay que esperar a mañana ni a pasado mañana para empezar a vivir, para hacerlo intensamente, sin prejuicios, sin cortapisas, sin recelos. Y, sí, hay que vivir con urgencia, pero sin prisas.

